Schiller ¿Y el amor?

Johann Christoph Friedrich von Schiller (1759-1805) El 2 de noviembre se cumplió el 250º aniversario de su nacimiento.

El que dijo: “No hagamos las paces con la guerra, ni tampoco levantemos guerras con la paz.”

Un gran historiador de fondo, conocedor de los relatos repetitivos de la humanidad; no obstante, en una acción reiterativa en los siglos, suele salir la chispa inocente de que algo puede cambiar.

Ten Esperanza. Si hay nubarrones,
si hay desengaños y no ilusiones,
descoge el ceño, su sombra es vana,
que a toda noche sigue un mañana.

Es así como se fue perfilando: todo pasión, entusiasmo, subjetivismo, sentimentalismo, vaga idealidad. Sus Baladas se cuentan entre los poemas más queridos y está considerado como el dramaturgo más grande de la historia del teatro alemán y una de las figuras señeras de la literatura mundial.

Muy bien dicho, Schlosser: se ama
lo propio; y si no se tiene
se apetece. El alma rica
ama, la pobre apetece.

A lo largo de su vida persistió en su lucha, en una u otra forma, contra la tiranía y a favor de la libertad. La mayor parte de sus dramas son un canto a la misma. Y nunca cedió en este empaño, tanto, que su última obra (inconclusa) La Canción de la Campana es un poema en el que canta los grandes ideales de la Humanidad y en el que estuvo trabajando hasta su muerte. Es para muchos uno de sus mejores poemas.

Reminiscencia inmortal

Dime amiga, la causa de este ardiente,
puro, inmortal anhelo que hay en mí:
suspenderme a tu labio eternamente,
y abismarme en tu ser, y el grato ambiente
de tu alma inmaculada recibir.
En tiempo que pasó, tiempo distinto,
¿no era de un solo ser nuestro existir?
¿acaso el foco de un planeta extinto
dio nido a nuestro amor en su recinto
en días que vimos para siempre huir?
…Tú también como yo? Sí, tú has sentido
en el pecho el dulcísimo latido
con que anuncia su fuego la pasión:
amémonos los dos, y pronto el vuelo
alzaremos felices a ese cielo
en que otra vez seremos como Dios.

Sin embargo, todo ser es como la luna… Schiller calificó la relación de Goethe con Mademoiselle Vulpius como «la única vergüenza» de Goethe y lo criticó en una carta por tener una idea falsa de la felicidad conyugal. El liberal Goethe hablaba simplemente de «matrimonio sin ceremonia». A Goethe sin embargo le molestaba la pasión de Schiller por el juego de las cartas, además de que pudiera ser mordaz con sus amigos (la anécdota de que Schiller sólo podía escribir con el olor a manzanas podridas, tiene su origen en Goethe, supongo que sobre esto no hay pruebas, ya que ambos se admiraban profundamente.)

Podemos leer en “Revista Deutschland.” Número 1/2005 Febrero/Marzo por Volker Hage:

“¿Y el amor, cuyo poder y fuerza explosiva había puesto de manifiesto tan conmovedoramente sobre las tablas? ¿Ya no sería tema de tiernos poemas? ¿Ya no sería un tema importante de su vida? No fue el jovenzuelo el que – ¿cómo decía? – veía con mejillas candorosas y avergonzadas a la doncella ante sí… Es un mojigato quien crea que “al gusano se le concedió placer”, como reza en la “Canción de la campana”. En su círculo de amigos, Schiller estaba considerado un audaz.

Comenzó a tener experiencias con el otro sexo a mucho menos edad que Goethe. Como médico militar, ya antes de los 20 años de edad conocía el ambiente de los soldados. Visitas a burdeles, juego de naipes y el consumo de tabaco y alcohol eran parte de los rituales masculinos. El propio Schiller hallaba singular que él mismo por una parte “honrara y amara la naturaleza (de la mujer) que siente con el corazón”, pero que, por otra, una mujer segura de sí misma y con atractivos eróticos, “una coqueta”, como él la llamaba, le podía fascinar.

En el verano de 1787, a los 28 años de edad, se trasladó finalmente a Weimar, donde vivían personalidades que admiraba, como Goethe, Herder y Wieland… y Charlotte von Kalb, nacida en 1761, casada y madre de un niño. Charlotte se había enamorado ya antes de Schiller. Y ella fue quien le facilitó el osado salto al baluarte de la vida intelectual alemana.

Pero luego aparecen dos hermanas…



y la solicitud de mano a una, que también se llamaba Charlotte. Schiller había pasado todo un verano con ambas en Rudolstadt: con Charlotte von Lengefeld, por entonces de 21 años, y Caroline, tres años mayor y casada con un tal von Beulwitz. Schiller le declaró a ambas hermanas su amor… en una sola carta, un documento seguramente único en la cultura de las cartas de amor. Schiller, que iba a cumplir 30, quería efectivamente a ambas.

La boda con Charlotte tuvo lugar en febrero de 1790 y la hermana estuvo presente. Pero Caroline seguía casada y debió dejar paso a la hermana, que evidentemente llenó de atenciones y mimó tanto al joven esposo que éste pronto envió a Caroline sólo bastante apagadas seguridades de su amor. La pareja tuvo cuatro hijos.

La vida matrimonial tranquilizó a Schiller, le permitió trabajar. Le quedarían a la pareja 15 años, en los que el poeta desarrolló incansablemente una obra de cuya “vigencia hasta una edad bíblica” no hubiera tenido que avergonzarse (Thomas Mann).

No obstante, fue Caroline quien escribió, en 1830, la primera biografía sobre Schiller. Caroline, quien de ninguna manera se desligó por completo del poeta, se había transformado en una exitosa escritora y dibujó una imagen idealizada de Schiller.”

Más cotilleo aquí : Caroline von Legenfeld y más

En fin… El año de su muerte, Schiller conoce Berlín, la mayor ciudad que vería en su vida y la más alejada geográficamente de su lugar de nacimiento. Allí estuvo más de tres semanas, donde se lo celebró frenéticamente. Varias de sus piezas de teatro fueron representadas en su honor. Fue homenajeado, halagado y festejado… con su familia siempre presente, sus hijos experimentaron el triunfo del padre.

Fue acosado con los mejores argumentos (también financieros) para que se quedara en Berlín, pero Schiller retornó a Weimar. Quizás haya sentido que su cuerpo enfermo no resistiría mucho más. Sufría de una necrosis purulenta de los pulmones, su corazón estaba debilitado, al final se agregó una grave neumonía. Cuando Schiller murió, en 1805, a los 46 años de edad, consideraba “el más benéfico suceso de mi vida” no el matrimonio, sino su amistad con Goethe. Éste, diez años mayor, viviría casi tres décadas más que Schiller.

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