La vida de una diva. Anna Pavlova

 Pavlova fue una niña delicada de salud, frágil y enfermiza. Nació prematuramente muy pequeñita en San Petersburgo el 31 de enero de 1882. A los dos años muere su padre y su madre le dedica todos los esfuerzos entre mimos y cuidados. Es así como la lleva al campo con su abuela para intentar reforzarla, un hecho que marcaría su amor a la naturaleza y a los animales. Los observa, capta sus movimientos, sus emociones.

Un día, cuando contaba con 8 años, la madre la lleva a ver La Bella Durmiente y es ahí donde comienza el deseo y el destino de gran bailarina. No era fácil por su constitución tan endeble, pero cuando se nace para algo determinado no hay ningún obstáculo que lo frene.

Poco a poco su arte se extendió por todo el mundo hasta convertirse en la gran diva del ballet. No hubo escenario que no fuera tocado por sus “puntas” ni pintado por su cuerpo.

Se casó con el barón Víctor Emilovitch Dandré, quien en lo sucesivo organizaría todas sus giras y el que después de su muerte escribiese el libro que constituye la mejor biografía de Ana Pavlova. (No está en versión digital, lástima…)

Se instala en Londres, en una casa con grandes jardines y animales, entre los cuales se pasea y sigue absorbiéndolos creando así personajes inolvidables: La libélula, la amapola, Las hojas de otoño.

Con ella nace “La Muerte del Cisne”, Inspirada por un poema de Alfred Tennyson y por sus propios cisnes, en 1905. Trabajó con Michel Fokine en este número de danza que ilustra los últimos momentos de un cisne herido. Saint-Saëns compuso en un momento la música y en seguida comenzaron los ensayos.
Así surgió el «solo» de ballet más famoso de todos los tiempos y que originó también una de las recreaciones posteriores más maravillosas: la versión de Maia Pliseskaia.

En México se produjo un suceso muy especial. La actuación de Pavlova coincidía con una visita de Casals al país. Éste convino con el empresario del ballet que cuando fuera a presentarse “La muerte del cisne” el primer cello de la orquesta permaneciera callado y el maestro, oculto entre bambalinas, tocaría la parte correspondiente. «Cuando empecé (a tocar) -cuenta Casals-, la bailarina se volvió asombrada, buscando al cellista escondido. En cuanto concluyó su danza salió corriendo del escenario, me abrazó y me besó. Luego me llevó con ella a escena para recibir los aplausos del público».

Diaghilev insistió en trabajar juntos en París. Fue, pero esta alianza no prosperó ya que Diaghilev era un innovador nato y la idea de Pavlova consistía en respetar las piezas tal como habían sido creadas o hacer nuevas.

En un viaje en tren a Cannes se enfrió, tuvo una gripe a la que le quitó importancia. Los médicos le aconsejaron reposo hasta mejorarse pero tenía un estreno en París y la necesidad de ensayar. Comenzó a sentirse fatigada y en un viaje a La Haya tuvo que acostarse. La pleuresía no le dio tregua y fue debilitando su corazón… que se paró a los 49 años.

Dos días después es cuando se celebra en Londres la función de ballet con “La muerte del Cisne” donde su alma se deslizó a través del reflector.

Anna Pavlova. Clic aquí.

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