Educación para el nuevo eón

Autor: Aleister Cromby and Witch

Cualquier persona reconoce la importancia de la educación, tanto que, como si fuera una especie de panacea social, se le suele tener como solución profunda a todos los problemas. De manera reduccionista y algo ingenua se cree que la solución educativa es simplemente matricular a todos los niños del mundo, darles alimento, acceso a la tecnología y luego permitirles estudiar en las “mejores universidades”. Esto casi se considera un bien universal. Pero en muchos casos esto es solo una manera sistemática de formar personas bien adaptadas al orden mundial, muchos de ellos autómatas que difícilmente encontrarán lo que son y harán lo que quieren.

Existe, sin embargo, otro paradigma, que no es nuevo pero que ha sido marginado por el poder, el de educar para desprogramarse de esta realidad colectiva enajenante con el fin de hacer que una persona pueda acercarse lo más posible a la totalidad de la expresión de su ser más íntimo. Lo que alguna vez dijo, a manera de mantra, el profesor de Harvard Tim Leary: tune in, turn on, drop out. A nosotros, los que hemos sido educados a la usanza formativa estándar, nos compete más desaprender, desconectarnos del sistema operativo de la cultura dominante; pero aquellos que vienen podrían tener el campo abierto para jugar y crear sin tener que pasar por todo un arduo proceso de decondicionamiento, liberando la energía del inconsciente para echar a volar la serpiente al cielo.

Fundamentalmente podemos decir que la educación debe de ser aquello que permita a una persona ser ella misma (“asistir al alma para expresarse a sí misma”, en palabras de Aleister Crowley). Para esto, entonces, lo principal es no imbuirle a los niños todas las improntas y patrones de pensamiento de nuestros padres (de nosotros) y del mundo en general (evidentemente es imposible mantener una tabula rasa, pero la clave está en saber limpiar el pizarrón y, si acaso, proveer los gises). Hacer esto no significa, ni mucho menos, criar un niño feral o implementar un libertinaje donde la personalidad fluya con el viento de las circunstancias sin ninguna intención. Significa cultivar las herramientas de la autonomía, de la autodeliberación, de la autodefinición: hay que primero ver y conocer el mundo para poder abandonarlo y así ser todo él.

En este sentido recurrimos a dos extraños maestros (uno de ellos acusado de satanismo y beber sangre de bebés) cuya sublime lucidez, aunque intermitente, puede constatarse precisamente en sus recomendaciones educativas. Aleister Crowley y Robert Anton Wilson tuvieron dos de las naturalezas más inquietas e inquietantes, listas siempre para explorar diferentes realidades (“túneles”, según las llamaba Wilson), lo cual, después del viaje permanente, los hizo llegar a un espacio esencialmente antidogmático, tanto como pocos en la historia del pensamiento humano (de manera análoga la filosofía griega nació del concurso de las diferentes visiones del mundo que otorgó el contacto con diferentes civilizaciones, en este caso fueron “realidades”). La visión y la experiencia vital de Crowley y de Anton Wilson coinciden en la importancia de explorar todas las realidades posibles sin casarse con ninguna: la más grande riqueza del viajero es atravesar el universo y regresar a casa sin ninguna posesión, sin ningún peso en la valija, para después poder fundar el propio imperio de la imaginación. Esta “creatividad” de sistemas de realidades se libera al darse cuenta de que todos los sistemas políticos, económicos, filosóficos, etc., que se le habían impuesto, no tienen ningún carácter absoluto, son solamente el conjunto de creencias y caprichos de una serie de personas que reemplazaron el mundo por su forma de ver el mundo. Pero dejemos a los maestros dictar el anti-sermón:

«Cada niño debe de desarrollar su propia individualidad y voluntad, sin considerar ideales ajenos […]. La educación es asistir al alma a expresarse a sí misma. Cada niño debe de ser presentado con todos los posibles problemas y se le debe permitir registrar sus propias reacciones; debe de ser enfrentado con todas las contingencias de turno hasta que logre sobreponerse a cada una. Su mente no debe ser influenciada, sino solamente expuesta a todo tipo de nutrición. Sus cualidades innatas harán que seleccione el alimento adecuado para su naturaleza. Respeta su individualidad. Preséntale la vida en todas sus manifestaciones para que la inspeccione, sin comentarla. Desde la infancia, los niños deben encarar los hechos, sin explicaciones adulteradas. Deja que actúen y piensen por sí mismos; deja que su integridad innata se inicie a sí misma. Haz que exploren todos los misterios de la vida, que se sobrepongan a sus peligros. El engaño y el miedo son sus únicos enemigos. Deja que sean testigos del nacimiento, el matrimonio y la muerte; deja que escuchen poesía, filosofía e historia; llama al aprendizaje pero no a la expresión articulada. Haz que enfrenten desfiladeros, olas, animales, encontrando su propia fórmula de conquista. Confía en la verdad en ellos sin descanso, con cuidado solo en hacer su amplitud comprensible; confía en que la usen […] Deja que los niños se eduquen a sí mismos a ser ellos mismos. Aquellos que los entrenan en estándares los lisian y deforman. Los ideales ajenos imponen perversiones parásitas. Cada niño es una Esfinge: nadie sabe su secreto más que ella misma».

”Every child is absolute.

Dare not bias it or bind!

Give the seed fair play to shoot!

At maturity its mind

Shall perfect its proper fruit,

Self-determined, self-designed!”

[“Cada niño es absoluto:

¡Que nadie influya en él ni lo obligue!

¡Que la semilla crezca en campo limpio!

Al madurar su mente

madurará el fruto:

¡determinado por sí mismo, diseñado por sí mismo”]

(Aleister Crowley, “On the Education of Children” , The Revival of Magick)

Ahora acerquémonos en el tiempo a Robert Anton Wilson, el genial escritor y psiconauta, cuya mayor aportación, la misma que la de Sócrates, es hacernos pensar por nosotros mismos, esta vez con alta conciencia de cómo funciona el cerebro humano, ese poderoso instrumento capaz de transmitirse y reflejarse en el universo —al menos en el universo que percibimos.

«El cerebro de la humanidad ha sido lavado por Aristóteles por los últimos 2500 años. La creencia, inconsciente, no del todo articulada, de la mayoría de los occidentales, es que existe un mapa que representa adecuadamente la realidad. Por pura buena suerte, todo occidental cree que tiene un mapa que encaja. La ontología de guerrilla, para mí, involucra estremecer esa certidumbre.

»Cada modelo que construimos nos dice más sobre nuestra mente que sobre el universo […], el universo es más grande que cualquiera de nuestros modelos […], cada descripción del universo es una descripción del instrumento que utilizamos para describir el universo (la mente humana)».

Robert Anton Wilson hace referencia a la lógica aristotélica que dictamina y horada en la profundidad de la mente humana un modelo unívoco, como unas gafas cul-de-sac sobre nuestros ojos, en el que si una cosa es algo, por definición no es todo lo demás (lo que en inglés se conoce como el either or).

«”Es”, “es” “es” —la idiotez de esta palabra me persigue. Si fuera abolida, el pensamiento humano podría empezar a tener sentido. Yo no sé lo que “es” nada; solo sé lo que me parece a mí en este momento.

»La certidumbre solo es posible para las personas que tienen una sola enciclopedia», dice Robert Anton Wilson.

Más allá de que la física cuántica indica que la luz puede ser una onda y una partícula, que un gato puede estar vivo y muerto —y esto debe de tener implicaciones en nuestra macro-realidad—, lo vital aquí es que en el plano educativo, bajo el gran mito de la objetividad, se nos infunde una creencia undimensional y excluyente de las cosas que va confundiéndose con la realidad. No soólo le decimos al niño que una pelota es una pelota nada más (y no un planeta), le decimos que algo es bueno o malo y lo que es posible y lo que no es posible (pero eso que es malo, que es imposible y solo es una pelota, es solo para nosotros).

«Todos los niños nacen desnudos, hambrientos y con una inmensa curiosidad. Ser padre consiste básicamente en seguirlos por la casa y decirles “no te metas eso en la boca” […], solo porque el sistema oral de biosobrevivencia se enciende después del nacimiento y lo primero que quieren es el pecho de su mamá y lo segundo que quieren es probar el resto del mundo para saber si sabe tan bien como los pechos de su mamá […]. Y luego empiezan a hacer preguntas […].

»La función del sistema educativo estatal es detener esto […]. Si tuviéramos una población adulta que hubiera mantenido la curiosidad de los niños pequeños, las personas irían por todos lados intentando saber las cosas por sí mismas, y tal curiosidad desmoronaría el edificio de la sociedad moderna», señala el gran humorista de nuestra época, Robert Anton Wilson (simplemente no matar la curiosidad ya sería un logro monumental para la educación).

La educación es la forma básica en la que la autoridad asegura que se mantendrá en el poder y que el mundo que ha proyectado seguirá existiendo. Puesto que una generación que ha sido educada a experimentar las cosas por sí misma —por consiguiente a cuestionar las cosas que le dicen los demás— y que busca simplemente expresar lo que piensa y hacer lo que quiere, seguramente no tendrá mucha consideración por lo que le dice la autoridad, por su administración “de milagros y misterios”, y no reparará en trasponer sus espectrales límites de control. Y entonces no solo correrá peligro la autoridad, sino el mundo entero que sustenta y se reproduce al ser repetido por las masas a las cuales les ha sido implantado tautológicamente. La realidad de este mundo podría empezar a desvanecerse, a agrietarse, y en esos espacios en blanco, de vacío radiante, podría empezar a consolidarse una nueva realidad.

Por último regresemos a la eterna máxima labrada como una joya gnóstica en el oráculo de Delfos, en cuyo dintel se dice que estaba inscrito: “Conócete a ti mismo”. Misma frase recuperada de manera pop-inspiracional en la película The Matrix. Esta máxima encierra (o libera) la clave de la conciencia humana, desde el génesis hasta el siguiente eón (el del niño, el de Horus, el hijo de la pareja sagrada). Conócete a ti mismo y conóceras al universo. “Haz lo que quieras”, como decía Crowley, y harás lo que el universo quiere.

«Cuando hacemos la voluntad de nuestro Ser verdadero, inevitablemente estamos haciendo la voluntad del universo. En la magia esto es visto de manera indistinta: que cada alma humana es de hecho el alma del universo en sí mismo. Y siempre y cuando estés haciendo lo que el universo quiere, entonces será imposible hacer algo mal».

Alan Moore, The Mindscape of Alan Moore.

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